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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Don McCullin y el horror de la guerra

"En la guerra de Biafra, el día que entré en una escuela y vi a cientos de niños agonizando, pensé que nada podría ser peor que eso. Esos niños deben haber pensado:"Este occidental habrá venido para traernos ayuda" ¿Y qué le llevé yo a esos niños? Una cámara Nikon. No te puedes imaginar de qué manera me he enfrentado a mi conciencia". Palabras del fotoperiodista Don McCullin, cuyas imágenes protagonizan una retrospectiva que estos días puede contemplarse en Perpiñán con motivo del Festival Visa pour l'Image. Leyendo la entrevista publicada el 6 de septiembre por el diario El País, recordé una novela, Medusa, de Ricardo Menéndez Salmón, una narración sobrecogedora con el mal como protagonista, en la que nos relata la vida de Prohaska, un fotógrafo alemán cuya misión radica en documentar con imágenes la barbarie nazi.















"El arte como testimonio, el arte como testamento, el arte como notario: espectral, transparente, antipedagógico", escribe Menéndez Salmón ¿Antipedagógico? Hace años coincidí en una cena con el fotoperiodista asturiano Javier Bauluz, que había recibido en 1995 el Premio Pulitzer por su trabajo sobre la guerra en Ruanda. No les suele gustar hablar sobre los horrores que han presenciado, pero sí recuerdo que me dijo que, ante la impotencia al no poder socorrer a quienes fotografiaba se agarraba a la esperanza de que el mundo se sensibilizara y detuviera las masacres.














Creo que ahora es buen momento para enfrentarnos a las imágenes de McCullin y a las de todos los fotoperiodistas que nos introducen la cruda realidad en nuestras narcotizadas vidas. Ahora, cuando quizá todavía haya una ínfima esperanza de evitar que sean rostros sirios los que nos machaquen el corazón. La guerra nunca soluciona nada, ni siquiera eso hemos aprendido. Esto es un horror.




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